De molinos y gigantes

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SO LONG, LEONARD

El Premio Nobel de Literatura de este año creó un revuelo inesperado. Fui de las creí que Dylan no lo merecía, pues hay un sinfín de escritores cuya obra y pasión por la literatura lo merecían, indudablemente, más. Por eso me alegré cuando supe que Dylan no atendía a las llamadas de la Academia. Quise creer (quiero creer, hasta que el mismo Bob no me demuestre lo contrario) que actuaba así porque él también sabía que cualquier otro de sus compatriotas que aparecían en las apuestas (Roth, DeLillo), cualquier otro de los escritores que sonaban (Ngugi Wa Thiong’o Adonis), a los que probablemente admire, lo merecían más que él.

Leonard Cohen murió ayer y vuelve a entristecerme ese Nobel de Literatura porque, claro, ¿quién no pensó que, si se lo daban a Dylan, Cohen también lo merecía? Ahora ese va a ser un Premio Nobel de Literatura imposible y una injusticia más.

“Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía”, escribió Leonard Cohen para despedirse de su amiga Marianne en los últimos días de esta. Como una profecía, menos de cuatro meses después, Cohen y su musa se han vuelto a agarrar de la mano como cuando vivían juntos en la isla griega de Hidra.

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MIS VACACIONES PERFECTAS

Mis vacaciones perfectas son las que me dejan leer. Y si mi destino de vacaciones es tranquilo como el de este año, un minúsculo pueblo de Teruel, leer al calor de la brisa, el ruido de las esquilas de los corderos a los que el pastor saca a pasear para que coman y los gritos de los niños jugando en el frontón, la experiencia lectora es maravillosa.

Mis placeres literarios de este verano han sido tres:
Cómo encontrar el amor a los cincuenta, de Pascal Morin (Salamandra). Una novela muy francesa entre la fábula de Odette Toulemonde y los peculiares personajes de La elegancia del erizo.
La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero (Seix Barral). Una poeta a la que admiro escribió un bellísimo poema tras leer esta obra, así que cuando vi el libro en las estanterías de la casa de mi madre, lo leí ávidamente. Por la poeta, por el amor inconmensurable que contaba (el de Marie por Pierre y el de Rosa por Pablo), por la reivindicación de las heroínas históricas y por el estilo narrativo de la autora.
Alguien, de Alice McDermott (Libros del Asteroide). Esta editorial tiene una línea de narrativa norteamericana que nunca me decepciona.

También compré dos libros de Alpha Decay: empecé a leer Cómo debería ser una persona, de Sheila Heti, pero como suele ocurrirme con los libros de esta editorial, las historias que sugieren los textos de contraportada y el perfil de los autores (mayoritariamente jóvenes) me atraen mucho pero luego su lectura no me atrapa. Intentaré empezar el segundo, El final de la historia, de Lydia Davis, a ver si es la excepción que confirma la norma.

UNA DECEPCIÓN

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Ves un vídeo en YouTube de Caitlin Moran, y la ves participar en el Primera Persona, y saca libro con Anagrama, que es una de tus editoriales favoritas ever, y te lo compras, empiezas a leer y… se te cae de las manos.

Básicamente, porque la voz narrativa será muy jocosa, pero no es nada creíble. Esa adolescente de catorce años llamada Johanna dice cosas como “Toda esa adrenalina desencadena una segunda marea hormonal. Del mismo modo que, cuando tenía doce años, la testosterona y los estrógenos trazaron nuevas conexiones neurales, ahora, a los catorce, la adrenalina traza todo un nuevo mapa de sinapsis, pasos elevados y subterráneos por encima y por debajo del que ya existía”. Pero ¡si yo misma debo buscar “sinapsis” en el diccionario! porque sí, me suena, pero no tengo su definición exacta grabada a fuego en la memoria… Francamente, ¿cuántas veces la he tenido que utilizar en la vida? NUNCA.

Y eso es, básicamente, por la que voy a abandonar la lectura de este libro cuando ni siquiera he superado la barrera de las 60 páginas: porque es la autora la que habla por boca de la protagonista. Y sí, a los adultos les parece muy ocurrente esta adolescente gorda, claro, porque el libro está dirigido a ellos. Johanna habla, razona y se expresa como una adulta, aunque sea una adolescente “NORMAL”. (A mí me encanta las novelas de críos lumbreras más listos que sus mayores, a los que dejan épaté, pero este no es el caso, y por eso no me lo trago.)

Lo siento, Caitlin Moran, me caes genial y tenía mucha fe en ti (por no decir que me abochorna, tras toda la gran crítica recibida por la autora, reconocer que no he disfrutado de las pocas páginas leídas), pero probablemente Cómo ser mujer sea mucho mejor que este Cómo se hace una chica.

QUESTIONNAIRE

… as seen in the Financial Times.

¿Qué libro(s) tienes en la mesita de noche?
Puf, un montón. Entre Sant Jordi, que he regresado a la poesía y he vuelto con ferocidad a la novela (adulta)… ahora mismo tengo doce libros apilados. Destaco Los hijos de Bob Dylan y Cómo ser una chica.

¿Cuál es el libro que recuerdas de tu infancia?
Momo.

¿Cuál es el libro que te hubiese gustado escribir?
Con alguno de Jeffrey Eugenides me conformo, jaja.

¿Con qué autor (vivo o muerto) te gustaría quedarte encerrad@ en un ascensor?
Sin duda, con Ray Loriga.

UN HOMBRE… ¿SINCERO?

Leí Un hombre enamorado y estuve preguntándome todo el tiempo cuánto de verdad habría sobre esta autobiografía ficcionalizada de Karl Ove Knausgard. Porque, seamos sinceros, en la gran línea temporal que es la vida, los acontecimientos importantes se quedan grabados a fuego en nuestra memoria, pero no así cada uno de los diálogos que hemos tenido, las palabras que utilizamos… Y eso es lo que Knausgard creamos que hace: contarnos la verdad de pe a pa, cuando en realidad es, como digo, imposible que esas más de 600 páginas retraten con veracidad lo que él vivió.
Yo escribo diario desde los trece años, ese es un buen ejercicio de memoria, y aún así, al releerlos algunas veces, me sorprendo de cómo ocurrieron las cosas, de lo que se dijo. Así que me cuesta mucho creer en la capacidad de Knausgard de preservar las cosas tal como fueron en su cabeza. Si realmente fuera capaz de ello, sería, como decía la pluma de Valle-Inclán, “un cráneo previlegiado“.
Dicho esto, disfruté de Un hombre enamorado, además de ser literatura, me pareció un ejercicio interesante; también, me alivió coincidir con alguien con respecto a mis pensamientos / sentimientos sobre la paternidad / maternidad. A menudo, si dices que no disfrutas de ello, la gente (a menudo, otros papás y mamás), te miran mal.
Hete aquí los fragmentos en los que me sentí identificada:

“Eran ya las cuatro menos veinte. Llevaba levantado desde las cuatro y media de la mañana y hasta las seis y media había estado revisando una traducción (…), y aunque era un trabajo aburrido, (…) resultaba no obstante cien veces más interesante y gratificante de lo que me esperaba de cuidados y actividades infantiles el resto del día (…) No es que esa vida me agotara (…) pero como no había en ello un atisbo de inspiración, me dejaba desinflado.”

“Podría decirse mucho sobre la imagen que uno tiene de sí mismo, pero lo que sí es seguro es que no se ha forjado en las templadas salas de la razón. Los pensamientos podrían entenderla, pero carecían de poder para dirigirla. La imagen de uno mismo no trataba sólo de quién era uno, sino también de quién quería ser, podría ser, había sido. Para las imágenes de uno mismo no había diferencia entre lo real y lo hipotético. En ellas se mezclaban todas las edades, todos los sentimientos, todos los instintos. Lo de andar por la ciudad con carro y niña, dedicando mis días al cuidado de mi hija, no aportaba nada a mi vida, no la enriquecía, al contrario, en esa vida se perdía algo, una parte de mi yo (…)”

“El otoño se convirtió en invierno, la vida con papillas y ropa de bebé, llanto y vómito de bebé, mañanas ventosas e infructuosas tardes vacías empezó a pasar factura, pero no podía quejarme, no podía decir nada, lo único que podía hacer era callarme y hacer lo que tenía que hacer.”

“A la mañana siguiente, Vanja se despertó como de costumbre a las cinco. Mientras Linda la metía en nuestra cama y dormía un par de horas más con ella, yo me levanté, saqué el ordenador y empecé a trabajar con la traducción sobre la que tenía que hacer un informe. Era un trabajo aburrido e interminable (…) Y sin embargo me hacía ilusión y disfrutaba trabajando allí. Estaba solo y trabajaba con un texto. No me hacía falta más.”

“Joder, qué asco, pensé mientras caminábamos por la carretera después de haberse pronunciado la última palabra. Joder, qué puta mierda era eso. ¿Cómo coño había podido yo acabar en una mierda como ésa?
(…) Yo sólo pensaba con ilusión en el momento en el que cerrara la puerta detrás de mí y me encontrara solo para poder escribir. (…) Eso era lo que yo añoraba y echaba de menos, y con lo que llenaba mis pensamientos, no a Linda, ni a Vanja.”

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TANTOS DÍAS FELICES

Tantos días felices es uno de esos libros que te hace sonreír, la idea tópica del hombre y la mujer se subvierte y encontramos a mujeres cerradas y frías y a hombres abiertos y emocionales. Pero ambos hablan con una franqueza absoluta, y eso es lo que provoca que los diálogos sean hilarantes y, como consecuencia, la sonrisa del lector.
He aquí un par de fragmentos que me divirtieron:

“En la calle, Stanley y Maria Teresa echaron a andar juntos.
–Me parece que me estoy enamorando de ti –dijo Stanley–. Me pareces maravillosa.
–Qué bien –dijo Maria Teresa–. Con lo mayor que soy podría haber sido tu profesora de instituto. (…)
–¿Puedo ir a verte de vez en cuando? –preguntó Stanley.
–No. Ve a casa a dormirla. Te irá bien para eliminar toxinas.
–Ay, Dios. Una boda no es una boda si no te enamoras.”

“–Quiero pronunciar un discurso. No tiembles. Como bien sabes, doy unos discursos maravillosos. Ahí va. Soy completamente feliz. Soy un príncipe. Acabo de casarme y estoy enamorado. La vida es un banquete. ¿Tienes algo que decir al respecto?
–Sí –respondió Misty–. Me he casado con un merluzo.”

“–Entre dos mujeres, una de las cuales siempre va muy bien vestida, la amistad es imposible –dijo Misty.
–Muy cierto –repuso Maria Teresa–. Ahora cambiemos de tema. Todas las semanas recibo una carta en latín de tu primo Stanley. ¿Serías tan amable de decirle que el único latín que recuerdo es el del padrenuestro?
–Díselo tú. (…)
–Me largo de aquí. Tú quédate sola con tu tristeza. Recuerda lo que decía Santa Teresa, que a las personas nunca hay que compararlas. Las comparaciones son odiosas. Eso va por ti y por Gem. Pero piensa que si Gem es odiosa y tú vas a pescar, siempre puedes ahogarla.”

La novela de Laurie Colwin finaliza con unos versos de una canción de Leonard Cohen:

“… I didn’t fall in love of course
it’s never up to you
but she was walking back and forth
and I was passing through.”

tantos días felices_ILA