De molinos y gigantes

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sylvia Plath

Poema contemporáneo

Un perro aúlla

y pienso sí,

es exactamente así

como me siento.

sarajlic

SO LONG, LEONARD

El Premio Nobel de Literatura de este año creó un revuelo inesperado. Fui de las creí que Dylan no lo merecía, pues hay un sinfín de escritores cuya obra y pasión por la literatura lo merecían, indudablemente, más. Por eso me alegré cuando supe que Dylan no atendía a las llamadas de la Academia. Quise creer (quiero creer, hasta que el mismo Bob no me demuestre lo contrario) que actuaba así porque él también sabía que cualquier otro de sus compatriotas que aparecían en las apuestas (Roth, DeLillo), cualquier otro de los escritores que sonaban (Ngugi Wa Thiong’o Adonis), a los que probablemente admire, lo merecían más que él.

Leonard Cohen murió ayer y vuelve a entristecerme ese Nobel de Literatura porque, claro, ¿quién no pensó que, si se lo daban a Dylan, Cohen también lo merecía? Ahora ese va a ser un Premio Nobel de Literatura imposible y una injusticia más.

“Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía”, escribió Leonard Cohen para despedirse de su amiga Marianne en los últimos días de esta. Como una profecía, menos de cuatro meses después, Cohen y su musa se han vuelto a agarrar de la mano como cuando vivían juntos en la isla griega de Hidra.

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MIS VACACIONES PERFECTAS

Mis vacaciones perfectas son las que me dejan leer. Y si mi destino de vacaciones es tranquilo como el de este año, un minúsculo pueblo de Teruel, leer al calor de la brisa, el ruido de las esquilas de los corderos a los que el pastor saca a pasear para que coman y los gritos de los niños jugando en el frontón, la experiencia lectora es maravillosa.

Mis placeres literarios de este verano han sido tres:
Cómo encontrar el amor a los cincuenta, de Pascal Morin (Salamandra). Una novela muy francesa entre la fábula de Odette Toulemonde y los peculiares personajes de La elegancia del erizo.
La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero (Seix Barral). Una poeta a la que admiro escribió un bellísimo poema tras leer esta obra, así que cuando vi el libro en las estanterías de la casa de mi madre, lo leí ávidamente. Por la poeta, por el amor inconmensurable que contaba (el de Marie por Pierre y el de Rosa por Pablo), por la reivindicación de las heroínas históricas y por el estilo narrativo de la autora.
Alguien, de Alice McDermott (Libros del Asteroide). Esta editorial tiene una línea de narrativa norteamericana que nunca me decepciona.

También compré dos libros de Alpha Decay: empecé a leer Cómo debería ser una persona, de Sheila Heti, pero como suele ocurrirme con los libros de esta editorial, las historias que sugieren los textos de contraportada y el perfil de los autores (mayoritariamente jóvenes) me atraen mucho pero luego su lectura no me atrapa. Intentaré empezar el segundo, El final de la historia, de Lydia Davis, a ver si es la excepción que confirma la norma.

UNA DECEPCIÓN

caitlin moran_ILA

Ves un vídeo en YouTube de Caitlin Moran, y la ves participar en el Primera Persona, y saca libro con Anagrama, que es una de tus editoriales favoritas ever, y te lo compras, empiezas a leer y… se te cae de las manos.

Básicamente, porque la voz narrativa será muy jocosa, pero no es nada creíble. Esa adolescente de catorce años llamada Johanna dice cosas como “Toda esa adrenalina desencadena una segunda marea hormonal. Del mismo modo que, cuando tenía doce años, la testosterona y los estrógenos trazaron nuevas conexiones neurales, ahora, a los catorce, la adrenalina traza todo un nuevo mapa de sinapsis, pasos elevados y subterráneos por encima y por debajo del que ya existía”. Pero ¡si yo misma debo buscar “sinapsis” en el diccionario! porque sí, me suena, pero no tengo su definición exacta grabada a fuego en la memoria… Francamente, ¿cuántas veces la he tenido que utilizar en la vida? NUNCA.

Y eso es, básicamente, por la que voy a abandonar la lectura de este libro cuando ni siquiera he superado la barrera de las 60 páginas: porque es la autora la que habla por boca de la protagonista. Y sí, a los adultos les parece muy ocurrente esta adolescente gorda, claro, porque el libro está dirigido a ellos. Johanna habla, razona y se expresa como una adulta, aunque sea una adolescente “NORMAL”. (A mí me encanta las novelas de críos lumbreras más listos que sus mayores, a los que dejan épaté, pero este no es el caso, y por eso no me lo trago.)

Lo siento, Caitlin Moran, me caes genial y tenía mucha fe en ti (por no decir que me abochorna, tras toda la gran crítica recibida por la autora, reconocer que no he disfrutado de las pocas páginas leídas), pero probablemente Cómo ser mujer sea mucho mejor que este Cómo se hace una chica.